Mutavisión
zapeado por zama

Me repito, soy consciente, pero ¡qué sabe nadie!. La tele tiraniza mis recuerdos y me hace darme cuenta de que la marmota enseña el culo año sí, año también. Y este año la marmota ha dicho que el verano ha llegado y que toca mundial: pues mundial habemus. El ciclo de la vida vuelve a repetirse.
El plan de acontecimientos es el de siempre. La prensa calienta nuestro ánimo que ha permanecido adormecido desde la última Eurocopa y nos dice que esta vez sí, que vamos a pasar de cuartos y que se va a cagar el resto del mundo con la furia. Vamos sin perillas pero nos los comeremos igualmente. ¡Grrrrr!
Los diarios deportivos colman sus portadas de esperanza triunfal, los anuncios de cerveza nos tratan como perros de Paulov, de manera que cada vez que veamos un balón abramos la nevera. Todo se vincula a un único objetivo: alienarnos hasta que nos eliminen. Tras esto, volveremos a la cruda realidad: la tele es una mierda, los políticos son una banda, el niño ha vuelto a suspender sociales.
Y en el centro de todo, la tele. Así como la evolución de las especies se pone de manifiesto más claramente ante las crisis planetarias (ejemplo, la caída de un meteorito), la mutación de las teles se produce ante los mundiales de fútbol. Del blanco y negro al color, de la pantalla curva a la plana, del televisor-mueble al formato cuadro, del analógico al digital.
Era yo muy niño cuando el color inundó mi salón allá por el mundial 82. Una estupenda Philips K30 apareció de buenas a primeras. No recuerdo ni el empate ante Honduras ni las cantadas de Arconada, pero sí al viejo armatoste de blanco y negro arrinconado en el ostracismo de la terraza tras la llegada del nuevo inquilino multicromático. Como mi casa nunca ha sido muy innovadora, el K30 sobrevivió muchos años. Allá por el 2000, además de la energía eléctrica el aparato necesitaba la mecánica. De buenas a primeras elevaba su volumen porque le daba la gana y la única manera de solventarlo era a hostias. Una de las ventajas de las televisiones de tubo es que tienen un fondo lo suficientemente amplio como para golpearlo con el puño.
Ahora, en otros lares, con el menaje y electrodoméstivos que se me (nos) antoje(n), llega el mundial del 2006 y la evolución estira el cuello de las jirafas otro centímetro, inmoviliza un poco más el meñique de mis pies y pela mi tarjeta de crédito 70 euros: me he comprado un sintonizador digital.
Y sé que lo voy a aprovechar: este año toca, este año España gana el mundial.