La invasión de las ultrateles
zapeado por zama

Las pantallas planas sobrevolaban la ciudad, escrutando desde muchos metros los posibles elementos de carroña con los que poder darse un festín más adelante, cuando la tarde se comenzara a teñir de ocre. Bajo ellas, una bandada de descodificadores TDTs gorgojeaban, cambiando de rumbo azarosamente, ejercitando sus pequeños chips y buscando algún alimento fácil: una telenovela abandonada en el suelo, un trozo de zapping a medio comer por algún humano poco hambriento. Los aparatos con tubo catódico reposaban cansados en los gruesos troncos de los repetidores, esperando desesperados la cada vez más cercana muerte digital que les sobrevolaba.
La tele de pago oteaba el horizonte, con majestuosidad, sobre la loma desde la que se podía comenzar el descenso al núcleo urbano. Sentada sobre sus cuartos traseros, volteaba de vez en cuando la cabeza para vigilar a sus canales temáticos, que jugaban entre ellos en un puro ejercicio de reforzar los vínculos entre la especie.
Desde mi casa se oían claramente los chillidos enfurecidos y desesperantes de las operadoras de cable, luchando unas con otras por acceder a la única charca que aun tenía cuota de mercado en esa época del año. Actuaban temerosas, con el miedo en el cuerpo de que la tele de pago se pusiera súbitamente en acción y corriera tras ellas, pondiendo en serio peligro sus vidas.
Las teles generalistas correteaban por los parques y jardines, al lado de los humanos, atados en corto por la cuerda publicitaria y lamiendo las manos de sus dueños. Alguna de estas, otroras mascostas favoritas, habían contraído una extraña enfermedad que les había hecho perder share hasta unos extremos casi mortales y de unos meses para acá apenas podían seguir el ritmo de sus congéneres. Los nuevos cachorros de la camada, en cambio, se mostraban sorprendentemente despiertos y juguetones.
Las antenas y repetidores, típica flora de esta naturaleza, ejercían de testigos imperturbables del paso del tiempo, mutando de mucho en mucho. Se sabían imprescindibles en el ecosistema, en el telesistema. Su vida trasncurría anclada y sin peligro, sin depredadores ni amenazas al margen de la meteorología, riesgo de cualquier forma inevitable.
Era un día más en el planeta televisivo.
Pero cuando toda la flora y fauna televisiva creía que el ciclo de la vida era estable y que la situación perdudaría así para siempre, siempre jamás, ocurrió algo inaudito. Apareció por encima de las pantallas planas, por encima de las nubes, venido desde más allá de la galaxia. Un objeto, un ser inexplicable, un OVNI de dimensiones descomunales, una especie totalmente nueva. Ninguno de los ejemplares existentes tenía conocimiento de ella ni la había visto jamás antes. Hombres y bestias levantamos las cabezas hacia el cielo y temblamos.
Había llegado internet. Y ya nunca nada fue como hasta entonces.
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